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75 años del Real Zaragoza

RETRATO DE VÍCTOR FERNÁNDEZ

RETRATO DE VÍCTOR FERNÁNDEZ Cuando nadie lo esperaba surgió Víctor Fernández de las categorías inferiores. Traía el entusiasmo de quien desea beberse todo el fútbol del mundo y de poner en práctica nuevos sistemas, basados en la belleza, en la verticalidad y en la alegría. Néstor Rocco construyó un Milan perfecto, que abrillantó años después Arrigo Sachi; Marinus Michels concibió un Ajax ideal, casi invencible, y desarrolló la teoría del fútbol total con “La naranja mecánica”; Cruyff diseñó la estrategia del rondo y la posesión del balón una década después. Radomir Antic y Leo Beenhakker engrandecieron al Real Zaragoza.

Viéndolos, analizando sus combinados, estudiando en secreto, ante el vídeo o en pizarras imaginarias, se forjó Víctor. Se afanaba en trasladar al campo su combinatoria de movimientos y de toques, se empeñaba en que La Romareda recuperase la leyenda no tan lejana de “los Cinco Magníficos” o de “los zaraguayos”. Y, de alguna manera, lo logró: su equipo ganó dos títulos importantes: una Copa del Rey y una Recopa, ésta en la noche más intensa y desbordada para cualquier forofo. Nayim, el elegido de Dios, cazó un balón perdido en el último segundo prácticamente, miró al cielo y al arquero Seaman, y marcó el gol del siglo.

En la banda, Víctor, el aprendiz de Sacchi, el discípulo aventajado de Cruyff, el heredero de Luis Belló, obtenía su recompensa. Él había labrado un equipo para la historia –Juanmi o Cedrún; Belsué, Aguado, Cáceres, Solana; Nayim, Poyet, Aragón; Pardeza, Esnáider e Higuera; y en la banda, esperaba un tal Cafú, nada menos-, y éste le correspondía en París: le regalaba un título para siempre, una noche de la que se seguirá hablando dentro de dos siglos, la felicidad para todos. El fútbol es así: la épica de las victorias se vive como el hermanamiento más hermoso. Aquel elenco se había bordado hilo a hilo, pieza a pieza, jugada a jugada, con la paciencia de quien desea desesperadamente la gloria.

         Víctor Fernández se fue a otros lares a proseguir su aventura y a ensanchar sus conocimientos: al Tenerife, al Celta de Vigo, al Betis, al Oporto. Su nombre entraba en esas maliciosas quinielas de los candidatos a todo. Unos lo situaban en el Madrid; otros, en la selección. Casi una década después ha vuelto a casa, con una obsesión: encontrar de nuevo el secreto del tesoro, el talismán del buen balompié, la mecánica celeste del juego, un juego trenzado y moderno donde todos corran, y defiendan, y transmitan que el espectáculo empieza allá abajo, con el diabólico vértigo de las botas. Víctor Fernández  regresa con el ansia de un cometido: madurar un estilo, construir otro equipo inolvidable. Así, la gente volverá a identificarse con unos colores, con una tradición, con la épica del delirio. Se juega como se vive, se juega como se está en el mundo. Víctor Fernández ha vuelto para que los domingos sean mucho menos melancólicos.

[El primer año del retorno ha cumplido las expectativas: el equipo ha vuelto a Europa en una temporada irregular de juego, especialmente al final, pero la ambición, el bloque y la puntería de Diego Milito han hecho lo demás.]

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