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75 años del Real Zaragoza

VILLA, EL ARISTÓCRATA DE LOS MAGNÍFICOS

VILLA, EL ARISTÓCRATA DE LOS MAGNÍFICOS

El Real Zaragoza es uno de los equipos españoles que cuenta con el mayor número de monografías. Entre otros se han ocupado de su historial, auténticamente grande desde los años 60, Ricardo Gil en dos ocasiones al menos, Javier Lafuente y Pedro Luis Ferrer, el ex presidente Ángel Aznar, Antonio Molinos o José Miguel Tafalla. Todos ellos han desmenuzado con distinto grado de intensidad la biografía de los blanquillos, esa mirada a la leyenda del tiempo que concentra momentos irrepetibles: aquel Trofeo Ramón de Carranza en que Los magníficos batieron al fabuloso Benfica de Eusebio y Torres, aquella noche heroica en Inglaterra ante el Leeds de la Jirafa Jackie Charlton, la final de Copa del Generalísimo de 66 en la cual Iríbar El chopo se ratificó como uno de los grandes arqueros de Europa pese a ser batido en dos ocasiones por los aragoneses, que realizaron un choque sobresaliente, la victoria inolvidable en Barcelona, en la Copa de Ferias de 1964, ante el Valencia.

         Unido a esos  lapsos de absoluta conmoción, inmerso en el centro de la épica, se halla uno de los jugadores irrepetibles de la trayectoria del club: Juan Manuel Villa, centrocampista de ataque, con sentido vertical del juego, imparable en el regate, elegante y aristócrata, señor del dribling, maestro del toque cada domingo. Villa fue soberbio y casi se especializó en marcar goles decisivos en las finales: lo hizo en las dos de 1964, apoteósicas, en la de 1966 y lo había hecho ante el Barcelona en 1963, cuando los culés impidieron que el Zaragoza se proclamase por vez primera campeón de la Copa del Generalísimo.

         Juan Manuel Villa demostró en las categorías inferiores del Real Madrid que iba para figura. Nacido en Sevilla en 1938, se trasladó a la capital con apenas quince años y se empeñó en alcanzar la gloria sobre el césped. Estuvo a punto de logarlo, pero se cruzaron en su camino futbolistas como Puskas o Di Stefano, y jugar a su lado se antojaba una quimera. Hizó el meritorio en categorías inferiores en el Plus Ultra y se demostró a sí mismo que podía participar en Primera División en una campaña en la Real Sociedad. Se cuenta que el interior --o mediapunta que irrumpe, a contrapié, desde la izquierda-- veraneaba en Salou y que allí coincidía con muchos aragoneses, de tal manera que cuando se topó con la oportunidad de venir al Zaragoza, que presidía Waldo Marco, no lo dudó: el conjunto aragonés había quedado tercero en las dos últimas temporadas, ganaba, convencía y seducía, y contaba con excelentes futbolistas Seminario había sido el máximo artillero nacional en 1961/1962, Murillo respondía a las mil maravillas con sus ademanes de pulpo. Atisbó que era la oportunidad de su existencia de futbolista y aquí se vino en la campaña 1962/1963, aunque sabía que competidores en su puesto no le faltaban: estaban Duca, el brasileño de fantasía y esfuerzo, Sigi, que sería bautizado como "la octava maravilla del mundo" y jugaría en 1962/1963 su mejor temporada, en la cual lograría hasta ocho goles, el veterano Miguel, que disfrutaba de una segunda juventud, y Eleuterio Santos, un tinerfeño que parecía un escuálido corredor de fondo.

         Villa encontró su sitio, exhibió sus buenas maneras y anotó en su casillero tres dianas. La campaña siguiente fue la mejor de las suyas, si a goles nos ceñimos: se convirtió en el máximo realizador del conjunto y reclamó protagonismo en el quinteto de Los magníficos y también en la selección nacional, con la que llegó a jugar tres partidos --revisamos una crítica de los partidos y leemos que un comentarista le reprocha al sevillano que se luzca en exceso en filigranas y en regates-- y estuvo de suplente de Luis Suárez y Fusté en la Eurocopa de ese año, que sentenció el legendario y casi imposible gol de Marcelino a Lev Yashine. Su categoría no generaba dudas y se ratificó por completo en el periodo 1965/1966, en el cual los zaragocistas estuvieron a punto de igualar el doblete de 1964, pero el Barcelona pujaba fuerte y luchaba ya contra sus urgencias históricas.

         Villa completó el año 65 con nueve goles y el 66 con cuatro; las lesiones no siempre le respetaban tanto como los contrarios. Sabían que en un momento determinado, mientras Lapetra hallaba su sitial de falso extremo que dirige y sienta cátedra o se ceñía el peso del equipo a su prodigiosa bota, Villa penetraba por la izquierda a golpe de zancada o se abría paso con aquel regate vertiginoso que poseía, casi imparable cuando imprimía su quinta velocidad. Su inventiva le permitía enhebrar pases, armar paredes y triangulaciones, asistir a Marcelino, Canario o Santos, o asumir la responsabilidad del tiro, del remate, de la finalización en distintas posiciones. El equipo compareció en Europa hasta el año 67/68, la siguiente campaña fua aciaga para Villa --jugó sólo cuatro encuentros-- y para el grupo, que se quedó a un punto del descenso directo. Los especialistas vaticinaron entonces el final del interior, el naufragio de Los magníficos era evidente, pero jugó muy bien la siguiente y el club subió hasta la octava posición al final. En 1970/1971, que a la postre sería la de su adiós sin excesiva gloria, dio un paso inusual: se sintió llamado por la política y fue elegido concejal de deporte de Zaragoza. Eso le generó conflictos y disputas con la afición y especialmente con el presidente Ricardo Usón, que le acusó de indolencia y de escasa profesionalidad. Juan Manuel Villa, exquisito siempre, un aristócrata del balompié como lo eran Manolo Velázquez o Luis Suárez, se despidió con el equipo en Segunda División tras nueve años. Aquel sí que era un nefasto colofón para un conjunto que había proporcionado tardes y tardes de felicidad y emoción a las aficionados y a sí mismo.

         Villa, inteligente, audaz y refinado, ha reconocido una y otra vez que Los magníficos fueron algo más que una máquina de jugar: eran un grupo de amigos que extendían su círculo de complicidades y afectos a todos los demás integrantes de la plantilla, y eso tenía su equivalencia en el espectáculo y en la alegría que derramaba aquel Zaragoza que se nos impone una y otra vez como una nítida película de la memoria del corazón.

*Juan Manuel Villa con el Real Zaragoza de 1966. He aquí la alineación completa que todos los niños se sabían de memoria, con absoluta felicidad: Yarza; Irusquieta, Santamaría, Reija, País, Violeta (de pie); Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra (sentados). Probablemente el equipo más extraordinario de los 75 años del club.

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