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75 años del Real Zaragoza

FELIPE OCAMPOS, LA FIERA DEL ÁREA

FELIPE OCAMPOS, LA FIERA DEL ÁREA

 El ariete clásico paraguayo jugó cinco temporadas en el club e integró el equipo de "Los zaraguayos"  

Marcelino llevaba algún tiempo arrastrándose por los campos, ya había impreso en el viento y sobre la hierba los fastos de su leyenda, y Miguel Ángel Bustillo, el excepcional cabeceador que apartaría del fútbol Pedro De Felipe, acababa de ser traspasado al Barcelona. El Real Zaragoza necesitaba un ariete que encabezase la vanguardia y amortiguase con sus goles la decadencia consumada de "Los Magníficos". El primer recambio fue Quirós, que no llegó a triunfar. El segundo fue un paraguayo recriado en Buenos Aires, que logró demostrar que era hijo de gallegos. Tras un informe entusiasta de Rosendo Hernández, el club se hizo con los servicios de un delantero centro clásico que se había ratificado en las filas del Guaraní y que era internacional: formaba en la escuadra nacional paraguaya junto al inolvidable Saturnino Arrúa. Era un ariete rotundo de ésos que hemos conocido siempre: piensen en Klaus Allofs o Hrubesch, en Joe Jordan, en Janker, en el mismo Yordi de hoy, de anteayer. Se llamaba Felipe Ocampos y tenía aspecto de toro.         

Era fibroso, alto y de complexión fuerte, y tenía una cabeza soberbia, la testa irreductible del goleador. En realidad, era su mejor virtud: sabía colocarse hacia el punto de penalti y cazaba todo pájaro o balón que volase. En cuanto intuía que podía llegar, se erguía en vuelo impetuoso. Se lanzaba con arrojo y no le importaba quienes fueron sus adversarios: le daba igual que pugnase con Paco Gallego del Barcelona, el citado De Felipe o más tarde Benito (ambos del Real Madrid), que sería su bestia negra, Echebarría del Bilbao, Luis y Domínguez del Coruña. Ocampos asumía su destino de gladiador o de combatiente que persigue la suerte a codazos y trompicones, e incomodaba, rugía, imponía el fastidio. Una tarde frente a él era como enfrentarse a un ciclón: había que saber que el vendaval amenazaba con arramblar con todo, con desarbolar y desquiciar cualquier retaguardia. Ningún defensa tuvo una tarde mansa a su lado. Al cabo de los 90 minutos, solía marcharse al vestuario con alguna diana o con un diluvio de sudor que era la demostración de que se había ganado el sueldo y el respeto de los rivales. Eso sí, si aguantaba la hora y media sobre el césped, porque el paraguayo era temperamental y rudo, y tenía inclinación a la gresca, lo cual acababa a menudo en expulsión.
        

Felipe Ocampos llegó, vio y venció. Pronto se hizo acreedor al apodo de "Cara rota", que parecía un nombre de indio. En su estreno en la campaña 69/70 marcó nueve goles, y contaba como cómplices principales con Santos y Villa, con Violeta y Planas. Su mejor tarde de aquel año fue ante el Coruña: Ocampos anotó tres goles en uno de sus partidos más felices. Y al año siguiente, en una de las Ligas más extrañas de los últimos tiempos, el Zaragoza fue el último de la tabla y Ocampos cosechó tres goles.

         El año más amargo de Alfonso Usón (que sería sustituido por un dinámico y joven José Ángel Zalba) también lo fue de Ocampos: sufrió una grave lesión y vio, con impotencia, como el Zaragoza se iba a Segunda División. El abismo se rozó también en la categoría inferior: la primera vuelta fue bastante desastrosa, y comenzó a arreglarse en la segunda con la incorporación y los goles de Ocampos. Catorce en total. El otro gran delantero del momento fue Galdós, que batió a los porteros contrarios en 18 ocasiones; José Luis Costa, que había sido fichado el año anterior en competencia con el Atlético de Madrid, dejó notar su sello de juego y goles, marcó cinco. Pero lo mejor, además del ascenso, en pugna con el Oviedo de Galán, La Cultural Leonesa de Marianín, el Castellón y el Elche, fue la recuperación de Ocampos, que se convirtió en el ídolo en un equipo sin auténticas figuras.         

El banquillo, al fin, tras un baile inacabable de entrenadores, había encontrado estabilidad en la figura de Luis Carriega, que fue el preparador del gran equipo que se avecinaba: los "zaraguayos" con Blanco, Ocampos, Arrúa, Diarte y Soto. En su cuarta campaña, Ocampos fue el máximo goleador con nueve dianas y el Real Zaragoza pasó de tercero en Segunda a octavo en Primera.
        

A Carriega no le deslumbraba el amor de La Romareda a Ocampos. Le parecía un delantero estático, que aportaba pocas soluciones y escaso dinamismo en ataque. Carecía de desmarque o de velocidad, aunque su eficacia de cabeza y a veces con el pie no admitía discusión. Y, sobre todo, le molestaba su carácter polémico, su afición a las marrullerías, la facilidad con que caía en las provocaciones que le tendían los defensas. En su quinta temporada, 73/74, el año de Cruyff y Arrúa, fue expulsado dos veces y su enemistad con los árbitros parecía evidente: era el futbolista que ya estaba prefigurado en la libreta para ser amonestado o excluido. Al final de campaña, sería traspasado. Ya había ingresado en la plantilla su sustituto: Carlos Martínez Diarte. Ocampos se despidió como mejor sabía hacerlo, con seis goles, y formando parte de una delantera impresionante: Rubial, García Castany, Ocampos, Arrúa y Soto. El Zaragoza se agigantó y quedó tercero. Diarte asumió su puesto y el uno de mayo de 1975 esa delantera le metió seis goles al campeón Real Madrid.

         Hace algo así como un lustro Felipe Ocampos volvió a La Romareda, el escenario de sus mejores sueños. Y aquí, conmovido por el afecto a la historia y a unos colores, fue todo menos que un ogro: mostró su emoción, su desconocida dulzura, su gratitud al club de sus amores, y soñó con marcar de nuevo en esos diez minutos inolvidables para la eternidad en que los "zaraguayos" volvieron a reunirse y abonar el sueño un cuarto de siglo después. Ocampos, el monstruo humano de cada tarde, el goleador impulsivo, el rabioso discutidor, no pudo contener las lágrimas. La roca se deshizo en público en manantial de añoranzas.

*Los "Zaraguayos": Cacho Blanco, Ocampos, Soto, Arrúa y Diarte. La foto, que creo que pertenece a Antonio Calvo Pedrós, la he tomado de www.geocities.com.

 
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3 comentarios

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