26/08/2007
REBAJAS DE AGOSTO. Por Alfonso Hernández
[No pude ver ayer el partido del Real Zaragoza. Lo seguí atentamente por la radio, pero no puedo hacer la crónica. Visito algunas páginas y me gusta mucho esta nota ponderada de ese gran cronista que es Alfonso Hernández, jefe de deportes de “El Periódico de Aragón”. He visitado los comentarios y compruebo que ya se extiende el pesimismo.]
MURCIA 2 – REAL ZARAGOZA 1
CRÓNICA DEL REAL ZARAGOZA DE “EL PERIÓDICO DE ARAGÓN”
www.elperiodicodearaon.com
Por ALFONSO HERNÁNDEZ
El fútbol de agosto tiende a recostarse en la galbana propia de un mes vacacional. Pese a que la primera jornada de todo campeonato invita a la euforia de lo novedoso y enciende las ilusiones de la hinchada, el juego tiene mucho de chiringuito y tinto de verano porque los protagonistas están desajustados física y tácticamente, sobre todo un Real Zaragoza que aún tiene a la mayoría de sus genios engrasándose en el laboratorio, espesos, muy lejos de sus verdaderas prestaciones. Lo acusó escandalosamente en el estreno de la temporada en la Nueva Condomina, donde un Murcia animoso y sostenido por el hacha templada y agresiva de un omnipresente Pablo García le puso contra las cuerdas y lo tumbó con dos soplidos.
La realidad es que el Real Zaragoza tiró la toalla con errores defensivos impropios de un conjunto al que se le supone con aspiraciones. Hay luz en este equipo, pero mientras no se dé de alta caminará a oscuras por la competición, como ocurrió anoche durante gran parte de un encuentro en el que faltó velocidad en las piernas y la mínima agilidad mental. Horizontal y previsible por la escasa participación de Aimar y Matuzalem y la nula profundidad por los costados, un mal enquistado en la naturaleza de la plantilla, se fue descosiendo él mismo, desabrochándose en todas las líneas hasta ofrecerle al Murcia, más fresco y con más músculo, los códigos y la llave de la victoria.
UN DESTELLO MUY AISLADO Un maravilloso gol de Ricardo Oliveira que supuso el empate trasladó el partido a la igualdad después de que el conjunto de Lucas Alcaraz se hubiera adelantado. El espejismo fue precioso, aunque aislado, un tesoro que no encubrió la terrible realidad del Real Zaragoza, desnudo en defensa, sin abrigo por el centro, un lugar por el que anduvo la sombra de Ayala. El argentino lleva dos marchas menos que el resto de sus compañeros, y para un puesto de elevada responsabilidad ese insuficiencia física es letal por mucha experiencia que se acredite en el carnet. En el primer gol de Murcia, un pelotazo de Pablo García que buscó el lío de los altos en el área, Ayala y Sergio Fernández se ausentaron, provocando un aclarado que aprovechó Mejía para marcar con la coronilla. Un fallo imperdonable, colegial.
Oliveira se inventó una obra de arte para reanimar a un Zaragoza de trote cansino, plomizo, con los cuatro centrocampistas desenchufados en la llegada y en el repliegue. Resultó que le pelota le cayó en los pies de espaldas a la portería, y el brasileño se orientó con ella de cara a Notario. Había tres defensas ante el punta, pero los hipnotizó en la media luna para golpear después con un giro de tobillo que dibujó un arco imposible para Notario y para cualquiera. El delantero se reivindicó como una de las armas más poderosas del Real Zaragoza en el único detalle del encuentro que merece ser recordado. El resto fue un progresivo descenso a los infiernos, consentido por un equipo verde, tierno, sin alegría ni recursos. Hay luz, sí, pero más vale que los jugadores se pongan las pilas cuanto antes para evitar al menos imágenes tan pobres como la ofrecida ayer.
El Murcia se dejó llevar. Vieron que su adversario no podía y esperaron su oportunidad, que se presentó en un error de Zapater al borde del área: no despejó el balón como merecía la jugada y la situación de riesgo y se resbaló para que entre Pablo García y Baiano aprovecharan semejante regalo. El canterano, hombre proclive al análisis personal hasta la extenuación, dará vueltas a ese error una buena temporada. El Real Zaragoza también. Después vino el típico tiempo para el manicomio, un abismo que se tragó a Matuzalem por entrar a destiempo a Regueiro. Con diez, Diego y Oliveira en ataque y un desequilibrio brutal en el sistema, lo mejor fue el resultado.
18/08/2007
MANUEL TORRES, EL EXPRESO DEL ATARDECER
En el Real Zaragoza de los años 50 triunfaban Parés, Serer, Baila y Chaves arriba; Estiragués, apodado El Sordo, y Villegas dominaban en la zona ancha; Perico Lasheras en la portería: el madrileño rivalizaba con Enrique Yarza, que se haría imprescindible e insustituible en la década siguiente. Y destacaba un defensa turolense que procedía del Manchego de Ciudad Real, codiciado por varios equipos: Manuel Torres, rápido, arriesgado, técnico, que pronto sería considerado como El expreso de la banda.
Torres ingresó en el club en la campaña 1953/1954, y con él llegaron al viejo campo de Torrero --donde se libraron batallas heroicas en una superficie de grava con perfecto drenaje--, Yarza, Bernad y Castañer; con ellos, y con el citado Lasheras que recaló un año más tarde, iba a formar la primera defensa mítica de los 50. El rendimiento de Torres fue convincente y pronto se hizo con el puesto en una durísima Segunda División dominada por los equipos vascos: Alavés, Baracaldo o Eibar. Balmanya, Eguiluz y luego Mundo confiaron de inmediato en sus condiciones.
En la campaña siguiente, se incorporó Alustiza y el equipo logró la tercera plaza, a puntos iguales con el Oviedo. En la pelea por el ascenso, en una áspera liguilla de seis equipos, los blanquillos quedaron en la penúltima posición. Nadie hizo sombra a Torres en su parcela: se reveló como un lateral de largo recorrido, pundonoroso y audaz, dotado de técnica, que jugaba con idéntica calidad hacia arriba que hacia abajo. El gallego Avelino Chaves deslumbró en Torrero: marcó 24 tantos, nada menos, y sembró la certeza de que el club contaba con un portentoso delantero de gran porvenir, que se quebró de golpe en el viejo Torrero cuando recibió un impacto que le hizo crujir la pierna: muchos seguidores aún recuerdan el golpe, el eco de los huesos astillados, el vuelo del gran delantero. Aquellos eran los tiempos en que Piru Gaínza, el gamo de Dublín, desarbolaba a los defensores con sus regates, su velocidad imparable y la furia, aunque tardaría algún tiempo en enfrentarse a Torres. En la nueva temporada, 55 /56 el Zaragoza logró su sueño de ascenso: esta vez sí los pupilos de Mundo consiguieron quedar segundos en la liguilla tras el España Industrial.
En 1957, ante la lesión del lateral Atienza, que también había pertenecido al Zaragoza, el Real Madrid solicitó la cesión de Manuel Torres. Para entonces, en septiembre, ya se había inaugurado el Estadio de la Romareda con un apasionante partido frente al Osasuna. Y el turolense se vio llamado a vivir cinco meses de felicidad irrepetible en Chamartín: allí coincidió con Alonso, Marquitos, Lesmes, Muñoz, Zárraga, Kopa, Rial, Di Stefano o Gento, entre otros; con La galerna del Cantábrico (recogemos la anécdota del estupendo libro de Javier Lafuente y Pedro Luis Ferrer) tuvo tiempo de comentar aquellos severos pero limpios marcajes que le hacía y que solían desarmar su juego.
Jamás desentonó entre figuras y acarició la internacionalidad. Se supo querido, respetado y demostró que era un defensa moderno, tal como entendemos hoy este concepto: un carrilero capaz de recorrerse metros y metros, capaz de desbordar y de largar un centro con exactitud y galanía. Arropado por las estrellas, y por su amor propio, Torres consiguió lo que jamás se le había pasado por la cabeza: la Copa de Campeón de Europa en París ante la Fiorentina y la Copa Latina. En una conversación con Carlos Cebrián para el libro Zaragoza desde la nostalgia (2000), recuerda el defensa: "Practicábamos un fútbol al primer toque, con estrellas de la talla de Kopa, Marquitos, Di Stéfano, etc., que jamás se quedaron estáticos esperando a que les llegase el balón. Ellos bajaban a la defensa, si hacía falta, para llevar la pelota al área y ese espíritu de colaboración incrementaba, a mi juicio, su grandeza". Encajó a la perfección en aquel equipo de estrellas, pero hubo de volver a La Romareda para reiniciar una carrera cuajada de profesionalidad y entrega, y fue uno de los integrantes de aquel buen conjunto de transición que desembocaría en Los cinco magníficos.
La prueba de ello fue que ingresaron en el club jugadores como el central Rodolfo, Joaquín Murillo, Reija, Carlos Lapetra y Marcelino. Torres asumió su responsabilidad hasta el fin, y realizó marcajes magistrales a exteriores de una calidad contrastada como Enrique Collar, Gento, Gaínza o Juanito Arzá, entre otros. Torres se define así: "Era muy técnico, tenía una gran resistencia física porque me cuidada muy bien. Era muy nervioso y jugaba con las dos piernas, aunque la derecha era la mejor, la más fuerte y con la que alcanzaba una mayor precisión. No obstante me esforcé mucho para sacarle el máximo rendimiento a la izquierda y creo que lo logré". Abandonó algo pronto el balompié: en la temporada 61/62, a los 29 años y con un centenar de partidos en Primera División, tras haber sido capitán, anunció su retirada. Benítez, Cortizo e Irusquieta fueron sus recambios naturales, pero ninguno de ellos pudo superar su trayectoria personal a lo largo de ocho temporadas. Aún le cupo el honor de atisbar la inmensa clase que atesoraba Carlos Lapetra y sugirió, junto al rejuvenecido extremo Miguel, la necesidad de otorgarle la camisola del once.
Seguramente hasta la llegada de Alberto Belsué, defensa con proyección atacante e internacional en numerosas ocasiones, Manuel Torres encarna al mejor lateral con que ha contado el Real Zaragoza: el hombre laborioso y responsable que convertía su banda en una pista de carreras de velocidad. Él era el gamo veloz, el expreso del atardecer.
13/08/2007
EL BLOG DE LOS BLOGS ZARAGOCISTAS

Los blogs en torno al Real Zaragoza abundan en los últimos meses, y me parece algo maravilloso. Es una prueba más del inmenso cariño que suscita el equipo. El Real Zaragoza es un equipo del corazón, un equipo del pueblo. Encarna la pasión por el buen juego. Por ello, entre otras novedades, aparece ahora un blog que quiere ser el blog de los blogs zaragocistas. La idea es realmente espléndida, y aquí enlazo su página: planetazaragocista.blogspot.com., al que se le añade ahora la página citada: blogsrealzaragoza.blogspot.com.
*La foto es de Aimar el día de su presentación.
02/08/2007
UNA FOTO DEL REAL ZARAGOZA DE LOS 80

Una formación de los años 80: Barbas, Casuco, Vitaller, Morgado, Zayas y Herrera. Abajo: Latapia, Amarilla, Señor, Güerri y Valdano.
La foto, firmada por los jugadores y realizada por Antonio Calvo Pedrós, me la ha enviado el amigo de Calamocha Jesús Lechón, que veranea estos días en los mares del Levante. Gracias, Jesús.
31/07/2007
HIMNO DEL REAL ZARAGOZA
| Letra del himno del Zaragoza |
| El Zaragoza va a jugar, el Zaragoza va a vencer, el Zaragoza va a luchar por su afición. Y los mañicos auparán a los blanquillos del leòn: azul y blanco es el color del campeón. Aúpa, Zaragoza, arriba y a vencer, palmadas al viento que gritan ganaréis. La raza en el juego, nobleza y valor, bandera y orgullo de nuestro Aragòn. La Romareda vibrará y el cachirulo se alzará como la afición con once grandes del balón y una leyenda con trofeos al mejor. La Romareda vibrará y el cachirulo se alzará como la afición con once grandes del balón y una leyenda con trofeos al mejor. Aúpa, Zaragoza, arriba y a vencer, palmadas al viento que gritan ganaréis. La raza en el juego, nobleza y valor, bandera y orgullo de nuestro Aragòn. A ganar, a ganar, el Zaragoza ganará. A ganar, a ganar, el Zaragoza ganará. |
29/07/2007
ELZARAGOZA GANA EN EL ALCORAZ
El Real Zaragoza venció al Huesca en el campo del Alcoraz por 1-4. Golearon por partida doble, en el bando zaragocista, Sergio García y Ricardo Oliveira. Por el Huesca, marcó de un gran zurdazo Rodri. Víctor arrancó con un equipo de circunstancias. Poco novedoso. César; Chus Herrero, Pavón, Sergio Fernández, Cuartero; Zapater, Celades, Movilla, Longás; Oscar y Sergio García. De partida, el Zaragoza no jugó demasiado bien, se adelantó en el marcador en jugada individual de Sergio García, igualó el Huesca, que pasó a adueñarse de la iniciativa, y sorprendió de nuevo Sergio. Los blanquillos, que estrenaban camiseta de “Los Alifantes”, no daban muestras de dominio: siempre es vistoso Longás, que ensaya buenos pases, que se arriesga en el regate, que es dinámico e imaginativo, aunque manda algunos balones innecesarios atrás que tiembla el misterio; Zapater, Celades y Movilla andaban erráticos en la zona ancha, y Oscar hizo una buena jugada, pero también jugó a ráfagas. El mejor del equipo en este primer tiempo, hecha la incuestionable salvedad del doble goleador, quizá fuese Pavón, que dio seguridad, salida al balón, sosiego. Y se acreditó como un buen central: sobrio, seguro, con sentido de la posición, algo que ratificó luego. En la segunda parte, entraron Matuzalem, Ricardo Oliveira, D’Alessandro, Generelo y Gabi. Matuzalem recuerda mucho a Nayim, por aspecto físico y por manera de tocar el balón, por finura y depurada técnica, aunque entró poco en juego. Da la sensación de que su auténtico puesto es de enlace. D’Alessandro hilvanó maravillosos momentos, como el segundo gol de Oliveira. Gabi trabaja a destajo, es duro, roba balones, y da la sensación de que se halla más cómodo en el centro de la zona ancha. Oliveira no es una novedad para nadie: trabaja, es explosivo, dispara con potencia y posee olfato de gol. Este primer choque ofreció algunos detalles muy positivos en la segunda parte: la intensidad de Gabi, la sed de gol de Oliveira, las ganas de jugar y convencer que tiene D’Alessandro, el barniz de calidad de Matuzalem. Generelo, para mi gusto, sigue un poco tímido: seguro, sobrio, se quita el balón demasiado pronto de los pies y juega demasiado rezagado, lejos de esa zona donde ensaya su espléndido disparo.
28/07/2007
CARLOS LAPETRA: DAGUERROTIPO DEL ARTISTA

Si alguien debiera figurar en estos cuadernos es Carlos Lapetra. Parece claro que ha sido el mejor futbolista aragonés del siglo, que es como decir de todos los tiempos. Fue un adelantado a su época e inventó una demarcación que ha hecho felicidad en el fútbol: la de falso extremo, la de media punta que combina la dirección del juego, la construcción del ritmo trabajada en pausa, serenidad y vértigo, con la estricta vocación ofensiva. Fue por encima de todo un virtuoso, un artista, una pierna dotada de clase y de clarividencia, un poeta capaz de improvisar en cualquier instante con sencillez y un innato sentido para la burla del adversario y la llegada mortal. Los diez años que abarcan su carrera al máximo nivel --de 1959 a 1969-- son de los más brillantes del fútbol español y del Real Zaragoza. Y Carlos, en ambos combinados, sentó cátedra, asumió un protagonismo incuestionable, de cerebro y figura.
Nació en Zaragoza en plena Guerra Civil, en 1938, aunque toda su familia era de Huesca. Allí se crió y estudió en San Viator; en la ciudad altoaragonesa frecuentó los alrededores del castillo de Montearagón, los ríos, la naturaleza exuberante, las vastas panorámicas de vegetación aplastadas por el cielo, y descubrió que poseía un talento natural para el fútbol. Más tarde ingresó en el Colegio del Salvador y coincidió, entre otros, con el escritor Javier Fernández de Castro, que recuerda a un mozalbete genial en los partidos del recreo: fino, elegante, casi imparable. Más tarde, se trasladó a cursar Derecho a Madrid y cada fin de semana se desplazaba con su hermano Ricardo a jugar en el Guadalajara, dicen que en taxi; el defensa de la selección española y del Atlético de Madrid Isacio Calleja ha rememorado aquellos domingos y viene a decir casi que Lapetra fue su sustituto en el equipo.
Aunque tenía maneras, y sabía doblegar como nadie a los rivales en un metro cuadrado, quien atraía la atención de los técnicos era su hermano Ricardo. Emilio Ara descubrió que el bueno era Carlos, aquel jugador de seda, con el calzón algo bajo, justito de fuelle pero largo de inteligencia, que se divertía de lo lindo sobre el campo. En la temporada 59/60 ingresó en el Zaragoza y no tardaría en erigirse en su jugador principal, a pesar de que los blanquillos tenían delanteros de gran categoría como Murillo, el efímero y espléndido Seminario, Marcelino, que evolucionaba con pasmosa celeridad, el brasileño Duca; pronto llegarían Canario, Villa y Santos. Y con todos, Lapetra brilló y fundó Los magníficos, aquella delantera que asombró no sólo en España sino en Europa, y con ella brilló muy especialmente Lapetra, como narraban una y otra vez los ingleses recordando un memorable choque contra el Leeds United en vísperas de la Eurocopa de 1964. Fue ésta, sin duda, la mejor temporada de su vida: con el Zaragoza venció en la Copa del Generalísimo y en la Copa de Ferias, y en medio tuvo tiempo de coronarse campeón de Europa ante Rusia como titular indiscutible, en aquella heroica tarde en Madrid en que Marcelino batió a la araña negra Lev Yashine. Dos años después, reeditó parcialmente sus éxitos: el Zaragoza volvió a proclamarse campeón de Copa y Lapetra le disputó la titularidad a Paco Gento en el Mundial de Inglaterra.
El madridista Gento y Collar fueron sus grandes rivales. Y en España a mediados de los 60 se generó un auténtico debate nacional acerca de cuál de los tres debiera ser titular en la selección. Lapetra optó por la armonía, o el humor somarda, y dijo que Collar y Gento eran mejores. Lo cual no es del todo cierto. En cuanto a clase, no había parangón, ni a situación sobre el césped, a complicidad con sus compañeros, a los que dirigía como lo hacía Luis Suárez, no en vano Lapetra era conocido como El Ingeniero o El dictador de la zona ancha; Collar, en cambio, era más luchador, más competitivo y astuto, y Gento se había ratificado en Europa con su velocidad imparable. Carlos Lapetra abandonó la selección en 1966 con 13 entorchados en su haber.
Lapetra no fue nunca un jugador sacrificado, de batalla, sino que sus virtudes eran la fineza, la elegancia, la visión de juego, las dotes de mando y una espontánea capacidad de desbordamiento. Fue pretendido por el Madrid y el Barcelona en varias ocasiones, pero hizo toda su carrera en el Zaragoza, con el que consiguió tres títulos. Fue sin duda el mayor artista de La Romareda y, a su modo, también lo era lejos de la cancha, donde se mostraba más bien retraído y un tanto arisco. Iba y venía a Huesca cada día en sus distintos coches --sentía una gran atracción por la velocidad y los descapotables; resultó famoso un Alfa Romeo verde que tuvo--, fue rebelde cuando creyó que debía serlo y siempre se sintió próximo al presidente Waldo Marco. Una lesión en la tibia, seguida de varias operaciones infaustas, le empujó a la retirada; jugó por última vez en noviembre de 1968 y se despidió en la primavera siguiente. Había intervenido en 279 partidos, la mayor parte en Primera División, categoría en la que logró 40 tantos.
Su palmarés era impresionante, casi a la altura de su virtuosismo de innovador, de aquella naturalidad asombrosa. En los últimos años, reconocido por todos, comentarista de fútbol en radio y televisión, falleció tras una penosa enfermedad a los 57 años. Los que le conocieron bien --sus compañeros de la delantera mágica del mejor Zaragoza de todos los tiempos o los integrantes de la selección de 1964-- coincidían en una imagen: era un ser humano tan arrollador como el fútbol que practicó, ese balompié que anticipó a Maradona, Zidane, Baggio, Totti o Zico, aunque nadie se moleste en reconocer o redescubrir su aportación.
Aquí se sabe que fue el más grande en un cuerpo menudo de emperador.
23/07/2007
ESTIRAGUÉS EL SORDO: EL MARCADOR IMPLACABLE
Luis Belló, aquel interior de clase y galanía, aquel entrenador inolvidable que engrandeció al Real Zaragoza en dos meses de felicidad, recuerda a José Estiragués "El Sordo" como un "jugador de brega, batallador e incansable, marcador implacable, pero dotado de una técnica personal, superior a la que siempre se le ha supuesto. No llegamos a jugar juntos en el Real Zaragoza, pero sí en muchos partidos benéficos de veteranos por los pueblos. Era un futbolista de club con más técnica de la que aparentaba". El fotógrafo Antonio Calvo Pedrós lo vio jugar cuando empezaba a pasear sus primeras cámaras por el viejo estadio de Torrero: admiraba su pundonor, su entrega, su concentración. El reportero eterno del Zaragoza lo saludó por última vez en el funeral de Noguera: estaba animoso y le gustaba invocar aquella temporada 55 /56 en la cual el equipo logró retornar a Primera División, tras haber jugado una dura promoción. "Era un gran tipo con el que daba gusto conversar", nos dijo Calvo Pedrós.
He aquí su elegía y su leyenda. Nacido en Sabadell en 1929, inició su carrera de jugador en Maristas y luego estuvo en el Manresa y en el Español. Su padre no creía demasiado en el fútbol. Al parecer, un grupo de directivos azulgranas lo fue a buscar a su casa, pero su progenitor les rechazó. Deseaba algo más prometedor que el balompié para su muchacho. Le sedujeron en el Español y ahí decidió que el fútbol iba a ser su vida. No le fue fácil: le enviaron a mejorar en el Sabadell y en el Lérida, pero su juego y su coraje imparable atraían la atención. El Zaragoza, a través de Julián Díaz, fue a por él y le ofreció en mano, a su reticente padre o al zagal, 30.000 pesetas. Al poco tiempo ya vestía la camisola blanquilla y el pantalón azul, y correteaba por el viejo campo de Torrero como un lebrel.
La Segunda División era un pozo. O un arrabal incómodo del infierno. Aquel Zaragoza no se dejaba asustar. Perico Lasheras estaba a punto de enviar al banquillo a Yarza (que viviría una segunda y prodigiosa juventud con "Los Magníficos"); los niños recitaban la defensa en el colegio como la tabla del siete: Torres, Alustiza, Bernad. Los medios eran Villegas y Gil Rubio. Y arriba jugaban Villarrubia, Estiragués (que se hizo con el puesto del ocho. Más adelante, usaría el cuatro y se ajustaría a las duras labores de medio volante de contención), Serer, el regateador Baila y Parés, que volvía. Chaves, el fantástico Avelino Chaves de Verín (Orense), que había sido máximo goleador de la categoría de plata la campaña anterior, intentaba recuperarse de su violenta lesión de menisco: aún resonaba en Torrero el crujido de sus huesos tras el lance cruel; también esperaba en la recámara un jovencísimo García Traid. Estiragués realizó una memorable temporada: jugó todos los partidos, salvo uno, y marcó siete tantos. Con su sentido del sacrificio, su audacia ante el gol, un conjunto armado en todas sus líneas y la dirección sabia de Mundo, el Zaragoza ascendió. Y eso le permitió enfrentarse a los grandes clubs de la Liga. Quizá fuese Jacinto Quincoces quien le sugiriese a Estiragués que podía prestar una mejor ayuda al equipo si retrasaba su posición y se enfrentaba a figuras rivales.
Para entonces ya era "El Sordo". Dice Ángel Aznar en su libro del Real Zaragoza que ese nombre lo traía de Cataluña: un día, un colegiado, por error, le atribuyó el puñetazo que había recibido en una discusión y lo expulsaron por doce partidos. Desde entonces, cuando veía un árbitro cerca o atisbaba un poco de gresca viril, se daba la espalda y huía bien lejos. Otros dicen que el apodo le sentaba también muy bien porque "pegaba a lo sordo como nadie". Pegaba o entraba con energía sin que el árbitro detectase violencia, y la prueba de ello quizá sea que no lo expulsaron jamás, y eso que marcó, anuló y aburrió a Luisito Suárez, Kubala, Panizo, Puskas o Rial. Narra Pedro Luis Ferrer, en el libro sobre el Zaragoza que redactó con Javier Lafuente, que un día le tocó marcar al merengue Rial (creemos que fue un 19 de diciembre de 1957, ya en La Romareda: vencieron los aragoneses por 3--1), y en los dos primeros envites, Estiragués "El Sordo" le castigó con su contundencia. Rial le dijo: "¿Hasta cuándo va a durar esto?". Estiragués respondió: "Toda la tarde".
Algo semejante le sucedió con Puskas, uno o dos años después, al que sometió a un severo marcaje. Aquel fue un choque de titanes: Puskas usaba su orondo torso y sus codos para alejar al volante, y maniobrar a su antojo con su portentosa zurda, y "El Sordo" le lanzaba las andanadas que podía para detenerlo. Cuando terminó el partido, Puskas lo llamó a su lado, a un rincón. Aparentó que iba a decirle algo y le clavó los tacos en el pie con toda la violencia posible. "El Sordo" miró abajo, más sorprendido que otra cosa, y fue comprobando que el pie se le hinchaba como un melón. La anécdota se la refirió el propio jugador, ya retirado, a Ferrer. Otra historia un tanto apócrifa narra su rivalidad con Di Stéfano. Estiragués se empleó a fondo, y el argentino se le acercó y le dijo: "Tú serás sordo, pero yo me cago en tu madre". Tras aquel lance desagradable, arreglaron el desencuentro; Estiragués solía hablar de la buena amistad que le unía a "La Saeta Rubia".
El equipo, con esfuerzo y constancia, se mantuvo arriba. Estiragués jugó cuatro temporadas completas en Primera División, aunque en las dos últimas, 58/59 y 59/60, sus prestaciones se fueron espaciando. Jugaba menos, pero rara vez desentonaba: era el pulmón, el matagigantes, el anticipo del Víctor Muñoz que vendría luego, el secante que agobia. Era respetado y admirado por el público; cuando se marchó, ya habían empezado a llegar las grandes figuras de "Los Magníficos": Reija, Marcelino, Isasi (que acabó asumiendo su demarcación) o Carlos Lapetra.
Se retiró con 30 años y la consideración de los aficionados. Había sido un atleta ejemplar, un hombre de club, un marcador de fuerza, en el límite de la falta, y sobre todo un profesional esforzado que se vaciaba hasta la extenuación. Se identificaba con el club y con la ciudad, y aquí se quedó para siempre. Se había cumplido la profecía de su padre. "Si a Zaragoza te vas, te quedarás", le había dicho. Se quedó: aquí vivió, aquí ha muerto y aquí deja, temblando, su memoria.
22/07/2007
SIGI: ESPLENDOR Y OCASO DEL SOL DE PERÚ
José Sigfredo Martínez, Sigi, llegó al Real Zaragoza siendo casi un adolescente. Tenía 18 años. Era de Callao (Perú) y había asombrado a los directivos zaragozanos durante una gira: parecía llevar el balón cosido al pie y poseía una técnica que parecía, más que malabar o habilidad de funambulista, magia pura, destreza absoluta, como si el balón fuese un apéndice de su minúsculo y moreno cuerpo. El propio Di Stefano se quedó perplejo en un choque ante el Real Zaragoza en la primera temporada del jugador, 1962/1963: aquella tarde en la Romareda un Madrid en crisis palideció ante la suerte de regates y pases de un muchacho leve y osado, que no temía a nadie, y que procedía del Cristal. Cogía el balón y sorteaba rival tras rival sin importarle que pudiese llamarse Di Stefano o Puskas: con ese desparpajo e insolencia del jugador que está dispuesto a comerse el mundo, Sigi anunció que en él había un futbolista de maravilla, un artista.
Su primera campaña fue la más feliz en Zaragoza. César contó con él en 18 partidos y el joven le devolvió la confianza y se ratificó con nada menos que ocho goles. El equipo, que iniciaba su irreprochable lustro de felicidad, alcanzó el quinto puesto, y Sigi se quedó a un sólo tanto de los máximos goleadores Marcelino y Murillo, e igualó la cosecha de Seminario, que se marchó ese mismo año en mitad de campaña. La delantera más habitual del equipo fue: Marcelino, Duca, Murillo, Sigi y Lapetra, aunque también entraban en el conjunto Miguel, Villa y Santos. Sigi incrementó su cuenta goleadora con un tanto más en la Copa del Rey y dos en la Copa de Ferias.
La afición se encaprichó con él. Jugaba con absoluta exquisitez: era elegante en el control de balón, escurridizo en el regate, poseía intuición, atrevimiento e inventiva, y su desplazamiento era tan preciso como delicado. Algunos críticos y compañeros que lo vieron jugar en su esplendor lo han comparado en técnica futbolística a Maradona: parecía que con el balón en el pie no había resolución que se le negase. Era menudo, airoso, capaz de lo impredecible, con tendencia a la jugada individual, pero también asistía al compañero y asumía la responsabilidad de dirigir al equipo. Su puesto habitual era el de interior izquierdo, aunque en ocasiones sustituyó a Lapetra y formaba una sociedad de centrocampista ideales con Villa, Duca o el esforzado Santos.
La prensa se entusiasmó y empezó a dedicarle epítetos. Miguel Ángel Brunet, desde Zaragoza Deportiva, lo designó "La octava maravilla del mundo", tal fue el impacto que produjo. Otros calificativos dan una idea del eco que tuvo Sigi y del deseo de los aficionados y periodistas en saludar a una nueva figura: "El sol del Perú", "Una estrella caída del cielo" o "El tesoro de los incas". Con melancolía, el jugador recordaría muchos años después uno de esos titulares que uno guarda con cariño y que fue un motivo inmenso de esperanza: "Sigi y poco más".
Sigi era el Curro Romero del Zaragoza. Capaz de lo imposible, amigo de la perfección, perseguidor del hechizo y del gol tras un laberinto de belleza: el gol era la consecuencia del bello fútbol. Estuvo cuatro campañas más en el equipo y su aportación fue más bien desigual. La gran campaña 63/64, en la que el equipo obtuvo la Copa de Ferias y del Generalísimo, su aportación se redujo notablemente: participó en seis partidos de Liga, dos de Copa del Rey y uno de la Copa de Ferias. Su calidad seguía indemne, se acrecentaba, pero Ramallets y luego Luis Belló encontraron una alineación inmutable con Canario, Duca o Santos, Marcelino, Villa y Lapetra; Santos eclipsó a Duca y nacieron Los Magníficos. Sigi tuvo pocas opciones, participó en amistosos e inició su travesía del desierto: soportó la suplencia e intentó aprovechar sus oportunidades. Cada vez que salía, el público le miraba con arrobamiento: sabía que en cualquier instante iba a realizar una jugada magistral, iba a derramar un manojo de detalles para el recuerdo.
En la campaña siguiente pasó inadvertido en la Liga y en la Copa de Ferias tuvo un momento de gran esplendor: marcó tres goles a La Valetta. Quizá, salvo algún Carranza y aquel choque inolvidable ante el Madrid de Di Stefano, fue su mejor partido. Lució su clase, sus golpes, su determinación, se empeñó en ratificarse: demandó un lugar entre los grandes, pero no fue posible. Siempre estaba ahí, educado, caballeroso y tal vez un tanto tímido, esperando su gran oportunidad. Cierta tendencia a la irregularidad perjudicó su evolución en un colectivo con media docena de internacionales.
Parecía que iba a ser en la triunfal campaña del 65/66, donde el Zaragoza ganó la Copa del Generalísimo (Sigi participó en cuatro choques y marcó tres tantos) y perdió la Copa de Ferias ante el Barcelona, en una final a dos partidos, cuando asistiésemos a la confirmación definitiva de Sigi, pero no fue así. Ni tampoco en la siguiente temporada, la de su adiós tras 35 partidos de Liga en cinco años. Algunos le despidieron con nostalgia y una sensación de frustración: el hombre que tenía todas las cualidades, el estilista ejemplar del equipo, la estrella en ciernes, aquel interior de esponjosa clase se marchaba joven al Elche; más tarde ingresaría en el Villarreal y ratificaría, ahora sí y sin sombras, su clase en Francia.
Su zaragocismo fue ejemplar. Y la directiva así lo reconoció: le fichó como técnico del club e incluso hizo sus pinitos de entrenador en el Deportivo Aragón. Lástima que su reconocido talento, su técnica, su golpeo preciso y su hermosa concepción del juego no hayan cristalizado en el Zaragoza donde tanto se ha amado el buen fútbol. Pasó en distintos momentos con Trobbiani, Pepe Mejías, Ramírez o José Jordao. Pero con José Sigfredo Martínez, Sigi, ocurre que todos los aficionados lo quieren y lo añoran: es carne de leyenda, vívisima memoria del imaginario colectivo del club.
21/07/2007
VILLA, EL ARISTÓCRATA DE LOS MAGNÍFICOS

El Real Zaragoza es uno de los equipos españoles que cuenta con el mayor número de monografías. Entre otros se han ocupado de su historial, auténticamente grande desde los años 60, Ricardo Gil en dos ocasiones al menos, Javier Lafuente y Pedro Luis Ferrer, el ex presidente Ángel Aznar, Antonio Molinos o José Miguel Tafalla. Todos ellos han desmenuzado con distinto grado de intensidad la biografía de los blanquillos, esa mirada a la leyenda del tiempo que concentra momentos irrepetibles: aquel Trofeo Ramón de Carranza en que Los magníficos batieron al fabuloso Benfica de Eusebio y Torres, aquella noche heroica en Inglaterra ante el Leeds de la Jirafa Jackie Charlton, la final de Copa del Generalísimo de 66 en la cual Iríbar El chopo se ratificó como uno de los grandes arqueros de Europa pese a ser batido en dos ocasiones por los aragoneses, que realizaron un choque sobresaliente, la victoria inolvidable en Barcelona, en la Copa de Ferias de 1964, ante el Valencia.
Unido a esos lapsos de absoluta conmoción, inmerso en el centro de la épica, se halla uno de los jugadores irrepetibles de la trayectoria del club: Juan Manuel Villa, centrocampista de ataque, con sentido vertical del juego, imparable en el regate, elegante y aristócrata, señor del dribling, maestro del toque cada domingo. Villa fue soberbio y casi se especializó en marcar goles decisivos en las finales: lo hizo en las dos de 1964, apoteósicas, en la de 1966 y lo había hecho ante el Barcelona en 1963, cuando los culés impidieron que el Zaragoza se proclamase por vez primera campeón de la Copa del Generalísimo.
Juan Manuel Villa demostró en las categorías inferiores del Real Madrid que iba para figura. Nacido en Sevilla en 1938, se trasladó a la capital con apenas quince años y se empeñó en alcanzar la gloria sobre el césped. Estuvo a punto de logarlo, pero se cruzaron en su camino futbolistas como Puskas o Di Stefano, y jugar a su lado se antojaba una quimera. Hizó el meritorio en categorías inferiores en el Plus Ultra y se demostró a sí mismo que podía participar en Primera División en una campaña en la Real Sociedad. Se cuenta que el interior --o mediapunta que irrumpe, a contrapié, desde la izquierda-- veraneaba en Salou y que allí coincidía con muchos aragoneses, de tal manera que cuando se topó con la oportunidad de venir al Zaragoza, que presidía Waldo Marco, no lo dudó: el conjunto aragonés había quedado tercero en las dos últimas temporadas, ganaba, convencía y seducía, y contaba con excelentes futbolistas Seminario había sido el máximo artillero nacional en 1961/1962, Murillo respondía a las mil maravillas con sus ademanes de pulpo. Atisbó que era la oportunidad de su existencia de futbolista y aquí se vino en la campaña 1962/1963, aunque sabía que competidores en su puesto no le faltaban: estaban Duca, el brasileño de fantasía y esfuerzo, Sigi, que sería bautizado como "la octava maravilla del mundo" y jugaría en 1962/1963 su mejor temporada, en la cual lograría hasta ocho goles, el veterano Miguel, que disfrutaba de una segunda juventud, y Eleuterio Santos, un tinerfeño que parecía un escuálido corredor de fondo.
Villa encontró su sitio, exhibió sus buenas maneras y anotó en su casillero tres dianas. La campaña siguiente fue la mejor de las suyas, si a goles nos ceñimos: se convirtió en el máximo realizador del conjunto y reclamó protagonismo en el quinteto de Los magníficos y también en la selección nacional, con la que llegó a jugar tres partidos --revisamos una crítica de los partidos y leemos que un comentarista le reprocha al sevillano que se luzca en exceso en filigranas y en regates-- y estuvo de suplente de Luis Suárez y Fusté en la Eurocopa de ese año, que sentenció el legendario y casi imposible gol de Marcelino a Lev Yashine. Su categoría no generaba dudas y se ratificó por completo en el periodo 1965/1966, en el cual los zaragocistas estuvieron a punto de igualar el doblete de 1964, pero el Barcelona pujaba fuerte y luchaba ya contra sus urgencias históricas.
Villa completó el año 65 con nueve goles y el 66 con cuatro; las lesiones no siempre le respetaban tanto como los contrarios. Sabían que en un momento determinado, mientras Lapetra hallaba su sitial de falso extremo que dirige y sienta cátedra o se ceñía el peso del equipo a su prodigiosa bota, Villa penetraba por la izquierda a golpe de zancada o se abría paso con aquel regate vertiginoso que poseía, casi imparable cuando imprimía su quinta velocidad. Su inventiva le permitía enhebrar pases, armar paredes y triangulaciones, asistir a Marcelino, Canario o Santos, o asumir la responsabilidad del tiro, del remate, de la finalización en distintas posiciones. El equipo compareció en Europa hasta el año 67/68, la siguiente campaña fua aciaga para Villa --jugó sólo cuatro encuentros-- y para el grupo, que se quedó a un punto del descenso directo. Los especialistas vaticinaron entonces el final del interior, el naufragio de Los magníficos era evidente, pero jugó muy bien la siguiente y el club subió hasta la octava posición al final. En 1970/1971, que a la postre sería la de su adiós sin excesiva gloria, dio un paso inusual: se sintió llamado por la política y fue elegido concejal de deporte de Zaragoza. Eso le generó conflictos y disputas con la afición y especialmente con el presidente Ricardo Usón, que le acusó de indolencia y de escasa profesionalidad. Juan Manuel Villa, exquisito siempre, un aristócrata del balompié como lo eran Manolo Velázquez o Luis Suárez, se despidió con el equipo en Segunda División tras nueve años. Aquel sí que era un nefasto colofón para un conjunto que había proporcionado tardes y tardes de felicidad y emoción a las aficionados y a sí mismo.
Villa, inteligente, audaz y refinado, ha reconocido una y otra vez que Los magníficos fueron algo más que una máquina de jugar: eran un grupo de amigos que extendían su círculo de complicidades y afectos a todos los demás integrantes de la plantilla, y eso tenía su equivalencia en el espectáculo y en la alegría que derramaba aquel Zaragoza que se nos impone una y otra vez como una nítida película de la memoria del corazón.
*Juan Manuel Villa con el Real Zaragoza de 1966. He aquí la alineación completa que todos los niños se sabían de memoria, con absoluta felicidad: Yarza; Irusquieta, Santamaría, Reija, País, Violeta (de pie); Canario, Santos, Marcelino, Villa y Lapetra (sentados). Probablemente el equipo más extraordinario de los 75 años del club.

